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martes, 24 de enero de 2012

La gran churrería


El periodismo se desangra
Las dos turbohélices del ATR-72 de fabricación franco-italiana producían un sonido ensordecedor. El despegue y el aterrizaje de estas aeronaves siempre son moviditos con numerosos traqueteos y vibraciones. Normalmente, mientras algunos  pasajeros aprietan los dientes y empujan sus traseros contra el respaldo del asiento, otros se acuerdan del altísimo y empiezan a balbucear. La sensación de caída al vacío que experimentan, durante el inicio y el final del vuelo, es sólo una ilusión. Realmente el avión nunca cae, sino que deja de subir de repente a gran velocidad y al máximo ángulo de ascenso o descenso es normal notar esa sensación. Los pilotos dicen que todo son procedimientos obligatorios y al ser el avión más pequeño  –algunos poco doctos los asimilan a las avionetas–, se nota más. No era el caso de Jaime. Recién licenciado en periodismo viajaba a Melilla  buscando nuevas aventuras y experiencias  para engrosar su currículum. 

Jaime recuerda con absoluta nitidez su llegada a Melilla. Cruzar el Mediterráneo y dejar la península ibérica atrás es algo que no se olvida. Para bien o para mal, la antigua Rusadir siempre sorprende. El joven informador descubrió pronto la infecta sorpresa que le deparaba la profesión.


El aeropuerto de Melilla no es gran cosa. Mueve entorno a un millón de pasajeros al año, una cifra irrisoria comparada con los 12 millones de su homólogo malagueño, y sólo tiene una terminal. Allí, frente a las pantallas que mostraban la llegada inminente de un avión procedente de Madrid, justo en la única puerta de llegada, estaba el cabezón, un personaje que no era otro que el director por entonces de uno de uno de los diarios de la ciudad. Su apelativo se escuchaba frecuentemente en los corrillos de redactores del periódico y del resto de medios. Dicen que se lo ganó a pulso, por déspota, tirano y quizás también por el enorme tamaño de su cráneo. El cabezón esperaba la llegada de Jaime, su nuevo redactor.

–Nada más verle pensé: madre mía,  vaya pedazo de ignorante –dijo Jaime para sus adentros tras intercambiar varias frases con su interlocutor–.

Por supuesto, Jaime prefiere estar en el anonimato y mostró su preocupación al comenzar la entrevista.
–¿Esto va a tener publicidad? 
–No, no se preocupe. No se publicará en ningún medio –le aseguré–.
–Se lo comento por si va a grabar la conversación. Ya tuve que librar mis guerras para sacar el documental…hice algunas irregularidades –dijo con una sonrisa  al referirse a su  completo reportaje sobre la situación de la profesión periodística en Melilla.
–Confíe en mí, tiene mi palabra, no se preocupe.
–Muy bien, Javier.

Tras instalarse en la que sería su ciudad los próximos 2 años, Jaime, con el recuerdo fresco de su anterior trabajo en un periódico perteneciente al grupo Vocento, llegó a su nuevo puesto situado en el Polígono Industrial del Sepes.

–Llegué a la nave del medio de comunicación y  aquello era un puta bazofia impresionante. Vi el periódico y aquello era un chiste.
–¿Tan mal estaba? –le respondí sin poder evitar la sorna–.
–Vi las instalaciones y le faltaba un cacho del techo, no tenía cuarto de baño, todo estaba lleno de mierda, los ratones no funcionaban bien y a los teclados le faltaban teclas –respondió Jaime indignado.

El diario al que se refiere Jaime suele ser la cantera de periodistas en Melilla. Casi todos los que trabajan en otros medios han pasado por allí. Es una mala escuela práctica porque  apenas aprendes ya que “no hay nadie que te corrija los fallos”, aseveró Jaime. La labor periodística se asemejaba mucho a estar entre aceite hirviendo y fogones. “El periodismo era como hacer churros, pero de los malos, churros quemados”.

El día a día del profesional en Melilla se alejaba diametralmente de lo que él había conocido anteriormente. Los medios de comunicación funcionan aquí como meras cadenas –del váter, me contaba  Jaime–  que servían de transmisión al mensaje institucional del Gobierno Autónomo. “Todos los temas estaban marcados, ni siquiera había necesidad de buscar información exclusiva, la Ciudad Autónoma se encargaba de convocar a los medios a ruedas de prensa” y así monopolizar la información. La labor periodística se resumía en transcribir las palabras del político de turno. “He hecho páginas de periódico en la Facultad  mucho mejores que la mierda que hacíamos en Melilla”, matizó Jaime. No tardaría mucho en descubrir que este sistema estaba corrupto hasta el tuétano. “Aquello era un antro de perversión, así de simple. Allí la gente se corrompe sí o sí porque no es un mundo real.” A la postre sólo le quedaría una opción: sustituir la tinta por los bits para hacer periodismo real.

El engaño del cuarto poder
Walter Lippman, un reputado filósofo y periodista, definía ya a principios del siglo XX al estadounidense promedio como un espectador sordo sentado en el asiento de atrás durante un evento deportivo: “no sabe qué pasa, por qué pasa, qué debería pasar y vive en el mundo que no puede ver, no comprende y no puede dirigir. En otras palabras, que tenían un cacahuete por cerebro. Quizás, como ya hiciera Julio Verne con su extrema capacidad para acertar acontecimientos futuros, Lippman dilucidó lo que sería la radiografía del ciudadano melillense de hoy en día, más dispuesto a creer las imágenes mentales preexistentes que a llegar a un juicio por el pensamiento crítico. Justo en la época de Lippman comenzaban a gestarse unos medios de comunicación, que más tarde conoceríamos con el  ficticio sobrenombre de cuarto poder; serían, según el autor, los árbitros que controlarían a un gobierno elegido democráticamente; una élite de intelectuales  que lucharía por su independencia y buscaría el verdadero interés público. Pero había un problema, era demasiado fácil comprar al colegiado. En tiempos de Lippman, uno de sus colegas, John Dewey, publicó el libro El público y sus problemas donde apelaba a los hábitos vitales de la democracia, como la habilidad de discutir, deliberar y debatir entre varias perspectivas. Setenta años antes de la existencia de Internet y los blogs ya había definido el concepto. Además, Dewey cuestionó la noción del conocimiento emanada de grupos de élite que proponía Lippman, pues advertía que una clase de ilustrados podía estar tan alejada del interés público, que fácilmente se convertiría  en una casta con intereses privados. Así que daba igual si el sistema de medios estaba corrupto en Melilla como comprobó Jaime. Nadie se lo plantearía, a excepción de la blogosfera. 

Varios años antes de la llegada de Jaime a la ciudad, algunos, hartos de la alineación de los medios de comunicación tradicionales, pasaron a la acción. Entre ellos, destacaba el periodista Miguel Gómez Bernardi con una amplia experiencia. Trabajó en las redacciones de los diarios SUR, Melilla Hoy y El Telegrama de Melilla así como en Radio Melilla de la Cadena SER. El 20 de diciembre de 2003 la web, Melillense.net, cobraba vida en Internet. En ella, Bernardi y sus amigos hablaban de un tema tabú que aún en la actualidad perdura: Los convenios de publicidad entre la Ciudad Autónoma y los medios. En opinión de Melillense.net “el poder público instituido se ha dedicado a subvencionar a los medios de información de ámbito local, a través de convenios de publicidad que cubren gran parte de sus gastos.  De hecho, el acta del consejo de Gobierno de la ciudad de  3 de mayo de 2004 reconoce sin tapujos que la prensa “es un sector que conlleva muchos puestos de trabajo y que fundamentalmente se sostiene localmente con la prestación de servicios que realiza a la Ciudad Autónoma, puesto que de otro modo no podría sostenerse", es decir, que la dependencia era absoluta y por tanto la imparcialidad inexistente.

Melilla dispone de 4 periódicos con edición en papel: El Telegrama de Melilla, El Faro, Melilla Hoy y la edición local de Diario Sur. Además, cuenta con 4 radios, una televisión pública, dos privadas, un portal de noticias en la Red y una web de vídeos propiedad del Ejecutivo. Jaime no lograba entender tal concentración de medios en una ciudad con sólo 80.000 habitantes, y más aún, con el alto índice de analfabetismo que asolaba Melilla, triplicando la media española. “Los únicos que leen la prensa en Melilla son los propios políticos para ver qué se dice de ellos”, aseguró. Cuando se dio cuenta que todo era un negocio, empezó a comprender. Entre 2005 y 2010, los medios se repartieron una cifra superior a los 12 millones de euros del erario. Mientras él y el resto de sus compañeros apenas rozaban los 1.000 euros mensuales de sueldo, los empresarios dueños de los medios amasaban una gran fortuna.

A decir verdad, eran sólo unos pocos magnates los que recibían las suculentas subvenciones públicas encubiertas, pues en la práctica, formaban un auténtico oligopolio en el mercado. Uno solo de ellos controlaba dos emisoras de radio, una televisión y un periódico.

Los políticos despiden a los periodistas
Los Plenos del Ayuntamiento de Melilla suelen tener más contenido circense que político, son un show. Todo vale. El Gobierno del Partido Popular es especialista en escapismo cuando se trata de preguntas incómodas. Mientras, los miembros de la oposición están curtidos en el arte del equilibrismo, siempre jugando en el filo de la navaja, habitualmente, acercándose al límite entre la crítica y la difamación.

El Pleno del 30 de enero de 2007 estuvo a la altura del mejor espectáculo de El cirque du soleil  e inició una reacción en cadena que acabaría con un periodista despedido por mandato político. La oposición; concretamente el partido Coalición por Melilla, acusó al presidente del Gobierno, Juan José Imbroda, de nepotismo y tráfico de influencias. El líder del Ejecutivo, lejos de rebatir los argumentos de los cepemistas, abandonó el pleno desairado. Fue “un sonoro portazo a la información” en palabras de Jaime. Ningún medio de comunicación local dio credibilidad a las acusaciones de CpM, además, la mayoría no dudó en titular que Imbroda se vio obligado a abandonar el salón de plenos debido a los insultos, pese a que el apellido Imbroda siempre ha estado presente en varios cargos que ostentan allegados y familiares del presidente en la administración local. A fecha de 2010 destacan, entre otros, María Isabel Romero Imbroda, su sobrina, en la  Oficina de Desarrollo Local (Consejería de Economía); Juan José Imbroda, su hijo, como Asesor del Grupo en la Asamblea; José Imbroda, su primo, Vicepresidente de la Autoridad Portuaria, miembro del Consejo Asesor de Festejos y Asesor de la Fundación Melilla Ciudad Monumental; Blas Imbroda, otro hijo, en la Autoridad Portuaria.

La maquinaria de control mediático se activó aquel día. El responsable de prensa de la Ciudad Autónoma, José Carlos, actúo y ordenó a los periodistas que omitieran cualquier referencia a las acusaciones de CpM sobre el enchufismo de los Imbroda. El redactor de una radio local no reparó en el mensaje e informó a la ciudadanía sin la “recomendación oficial”. En horario de ‘prime time’, emitió en el informativo un corte de audio donde el líder de CpM, Mustafa Aberchán, cargaba duramente contra Imbroda. El periodista acababa de firmar su despido. A los pocos minutos, el empresario dueño de esa emisora  llamó al periodista para comunicarle que estaba de patitas en la calle.
El cese, que parecía irrevocable, se transformó en 3 días de despido de empleo y sueldo cuando trascendió que el reportero no era insurrecto y había tenido sólo un descuido, el no enterarse de las órdenes políticas. El caso no llegó a más, compraron un silencio sepulcral. “Se la tragó doblada y poco después acabó en la dirección de la emisora”, cuenta un compañero de profesión. Jaime ya se lo creía todo, no le extrañaba nada porque “era impresionante. Quedábamos delante del Jefe de Prensa de la Ciudad Autónoma el orden de los temas de las rueda de prensa”.

Desde luego esa práctica no era rara y los políticos la tenían como costumbre. El mismo Mustafa Aberchán ha pedido en numerosas ocasiones a los periodistas que no mezclen los temas tratados en las comparecías, e incluso,  ha llegado a decir el día exacto para su publicación. Una práctica habitual que confirman todos los periodistas que acuden a sus convocatorias.

Jaime estuvo en Melilla desde junio de 2007 hasta finales del 2008. Durante su estancia en la ciudad trabajó en varios medios de comunicación hasta agosto de 2008. A partir de ahí, se dedicó en exclusiva a crear un documental que colgaría en la blogosfera. Su propio blog expone los motivos que le llevaron a confeccionarlo: “la indignación permanente que me provocaban muchos aspectos de la ciudad, que, para colmo, jamás me permitieron denunciar a pesar de ejercer como periodista; y por último, la dignidad e inocencia de muchas personas humildes que se vieron atropelladas, ninguneadas o manipuladas por el sistema imperante en la ciudad”.


–¿Volverías a Melilla? –Le pregunté a Jaime para finalizar la entrevista–.
–¡Claro que no! ¡Claro que no! –dijo Jaime entre risas–. Yo sí volvería a Ceuta porque tengo mucha curiosidad por saber si es igual a Melilla. Estuve 18 meses en Melilla e hice muchos amigos. En algunos momentos me lo pasé muy bien, fue muy intenso todo, pero yo allí no vuelvo.

P.D.  Por cierto, al final Jaime accedió a la publicación del escrito como se puede ver...


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