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martes, 30 de octubre de 2012

El año que cambió la vida de Agustín Rivera

Foto: El Mundo
 El año que cambió la vida de Agustín Rivera
El ex corresponsal de El Mundo en Japón y Delegado en Andalucía de El Confidencial, Agustín Rivera, cuenta a los alumnos de periodismo de la Universidad de Málaga su experiencia vital en la profesión

La mayoría de alumnos esbozó una sonrisa, algunos hasta rieron en señal de asombro. “Que vuestra pareja no os condicione la carrera profesional, por lo menos, hasta los 30”, decía el  orador,  a una clase abarrotada de futuros periodistas. “Si esa persona os quiere, seguirá con vosotros”, añadía. No hablaba el Doctor Amor ni su personaje cinematográfico  Hitch,  el experto en ligues.  Agustín Rivera,  corresponsal malagueño de El Confidencial en Andalucía y una eminencia, eso sí, en amar al periodismo,  daba de esta manera  un consejo “más importante de lo que parece”. Despegó hacia el lejano oriente a ejercer el oficio tras conocer a una chica japonesa. Desde luego, su pareja le condicionó, pero para bien.

La tarima del aula se quedaba pequeña para el periodista. Al hablar de su experiencia asiática, necesitaba todo el aula para caminar, gesticular y transmitir toda la pasión que guarda por la profesión. Las cabezas de los alumnos giraban y seguían con la mirada los andares de Rivera sin perder atención a sus palabras.

“Buenos días, yo soy periodista”. Así ha saludado Rivera al aula de la Facultad de Comunicación de Málaga en un desconocido japonés para los alumnos. Esta presentación ha sido el preámbulo, la semilla de una posible fuente que iniciaría un nuevo relato periodístico en el país del sol naciente.  En este caso,  representaba la introducción a una historia, la de Agustín Rivera como periodista.

Mayo de 1992 fue la fecha que le “cambió la vida”. Empezó a estudiar la carrera de Periodismo. Rivera, con una mano en el bolsillo y grandes gestos, relataba sin parar de moverse a un lado y a otro sus años previos, en el colegio. No se consideraba un buen alumno. “En algunas asignaturas era rematadamente malo”, pero siempre tuvo claro que quería ser periodista.

No fue un camino de rosas. A principios de los 90 no existía la licenciatura de Periodismo en Málaga. Sus objetivos: Sevilla y Madrid, pero su sueño se vio truncado, como el de miles de jóvenes de hoy en día, sin tan siquiera empezar. La nota de selectividad no era suficiente. Pese a un segundo intento, no logró mejorar su calificación.  “Me quedé sin cumplir mi sueño de estudiar periodismo”. Una circunstancia “bastante dura”, añadía. Estuvo un año “en el dique seco”, pero se puso a estudiar Turismo, con el objetivo de comenzar periodismo el año siguiente.

El año que le cambió la vida, decía Rivera, aprobó el examen de ingreso en la Universidad Pontificia de Salamanca que no exigía una nota específica en selectividad. Allí, cursó su primer año hasta que implantaron Periodismo en Málaga y se trasladó a su ciudad para continuar los estudios.

El futuro corresponsal de El Mundo en Japón no esperó a terminar sus estudios para catar el terreno laboral. En 1993, comenzó a escribir para Diario 16 sobre Semana Santa, El Rocío, Feria y, en general, temas de festejos. Fue una época que le obligó a muchos sacrificios. “Si uno quiere diferenciarse de los demás tiene que renunciar al ocio y sacrificar fines de semana o puentes para la profesión”, argumentaba, mientras llevaba sus manos a la cintura. Solo le faltaba levantar la mano y apuntar, uno a uno con el dedo, para que entraran en razón.

Agustín Rivera nunca ha sido un periodista ‘sedentario’, de esos que disfrutan sin moverse de la redacción, con un sueldo fijo y cerquita de los jefes para promocionar a altos cargos. Siempre ha preferido la libertad de la calle, el contacto directo con la noticia. Ser corresponsal es su pasión. “Me he arriesgado muchísimo”, confirmaba, al admitir que su carrera no ha ido pasito a pasito, sino más bien a zancadas.

“Para mí, Japón era Mazinguer Z, Heidi y poco más. No tenía ningún referente cercano”, hasta que se enamoró del periodismo internacional o de una chica, quién sabe. Con poco más de veintitrés años y una novia japonesa, Rivera da el salto internacional y decide irse un mes “a la aventura”, a visitar a su novia y vender temas para Diario 16.  Tan solo llevaba dos años en la redacción y 1995 se presentaba como un buen año en la ciudad de Tokio. “Pasé de cubrir la salida del Monte Calvario el Viernes Santo a informar sobre unas elecciones al Senado en Japón”.

Los japoneses conmemoraban aquel 6 de agosto de 1995 el 50 aniversario de la explosión nuclear en Hiroshima que puso el punto final a la Segunda Guerra Mundial. Allí cubría el evento Rivera. No era cosa fácil conseguir buenos testimonios. “En Japón, al contrario que en Estados Unidos, es mucho más difícil el acceso a las fuentes“. Sin ir más lejos, asegura que había que acreditarse con dos meses de antelación para acudir al acto.

El Japón de 1995 no era todavía el país de la banda ancha e internet, no estaba masificado. Enviar una crónica no era coser y cantar. Rivera envió por fax el acontecimiento, sin saber si realmente la información había llegado. Lo confirmó, llamando a cobro revertido a la redacción, en una parada de autobús de regreso a Tokio.

Por entonces cobraba por pieza. Admite que no era mucho, pero suficiente para sobrevivir en Tokio, “la ciudad más cara del mundo”, aunque el dinero era lo de menos para el corresponsal. “Los años en Diario 16 fueron muy gratificantes. Yo era el más benjamín y aquello fue una gran escuela. El tener una experiencia internacional me diferenciaba del resto de compañeros”.

Cuando parecía que la reciente experiencia de Rivera podía darle puntos para conseguir un contrato fijo en plantilla, la cabecera entró en suspensión de pagos. En diciembre de 1995, comenzaba la crónica del cierre de Diario 16.

Sin embargo, su trabajo no caería ‘en saco roto’. En septiembre de 1996, se armó de valor para viajar a Sevilla, a la sede de El Mundo en Andalucía, para conseguir un trabajo. “Yo fui allí sin cita ninguna, si llego a pedirla, seguro que no me reciben”, destacaba, con la convicción y la iniciativa que buscan en los medios. “Quiero ver a  Ignacio Camacho –el subdirector-, dijo a su secretaria que, como es normal en estos casos, interroga a Rivera sobre su identidad. “Soy un compañero de Diario 16”, contesta, muy hábil, sabiendo que Camacho fue uno de los fundadores de la cabecera en Andalucía. Aquello había funcionado. “Si digo que soy un chico, y que aquí está mi currículum, ni me recibe”.

La reunión no fue fructífera en un primer momento. Aunque Ignacio Camacho quedó sorprendido por la experiencia de Rivera en Japón y, aunque parezca curioso ahora, le pareciera increíble que tuviera email en 1996, no había disponible ningún puesto para él. Pero la suerte es para el que la busca. A los pocos días, Camacho llamó a casa de sus padres. ¿Qué querría? Rivera lo averiguó esa misma jornada cuando devolvió la llamada a eso de las doce de la noche. Estaba dentro. “Intenté aguantar los gritos como sea para que no se me notara la alegría”, confesaba a los alumnos, al tiempo que aseguraba que no fue un fichaje estrella, ni muchos menos. Siguió cobrando a la pieza.

El nomadismo corría por sus venas. Siempre había querido trabajar en Madrid. Intentó la misma fórmula que funcionó con Ignacio Camacho para entrar en la edición nacional de El Mundo, pero esta vez no funcionó. Y fue muy insistente. “En Madrid me conocían como el pesado de Málaga”, reconocía entre las risas de los oyentes.

No tardaría mucho en volver a su rol nómada como cazador y recolector de noticias fuera de la redacción. En 1998 se despide de Ignacio Camacho. ¿Quién te ha hecho la oferta?, preguntó a Rivera, consciente de su valía como periodista y seguro de que le habían fichado. Nadie. “Es una auto oferta”, respondía. Agustín Rivera se iba otra vez a Japón en una situación casi “kamikaze”, con un corresponsal de El Mundo en Asia, David Jiménez, que ya se encargaba de esa zona y con un freelance en Tokio. Para empeorar la situación, desmontaba su vida en Málaga sin tener la seguridad de que comprarían sus piezas.

La tenacidad y las ganas de Rivera parecen ilimitadas. Ve la posibilidad de hacer reportajes más sociales en la zona y se lanza, una vez más, a una aventura que duraría casi un año.

Debido a las dificultades económicas para “sobrevivir” en Tokio, plantea tres escenarios al periódico: seguir en Japón con un sueldo fijo; mudarse a Los Ángeles, en Estados Unidos, cambiado de corresponsalía o volver a España, pero a la redacción de El Mundo en Madrid. La Dirección le dejó elegir, eso sí, con las mismas condiciones económicas.  Eligió Madrid.

Durante un año estuvo cobrando a la pieza, hasta que, por fin, consiguió un contrato fijo en la plantilla del periódico rechazando otras ofertas más seguras en medios de su ciudad natal, como el diario La Opinión de Málaga que iniciaba su andadura. “Como veis, esto hay que sudarlo”, decía a los alumnos, para concienciarlos de lo difícil que es entrar en un diario de tirada nacional.

Su nuevo contrato  incluía un traslado a las Islas Baleares como Jefe de Sección en Palma de Mallorca  y la posibilidad de seguir viajando, eso sí, sin las carencias de su anterior etapa en Japón. “De lo que más orgulloso puedo estar es de haber sido enviado especial de El Mundo en 15 países de los 4 continentes”, destacaba.

Durante su etapa isleña se enfrascó en la escritura de un libro sobre el rodaje de la película 'El Camino de los Ingleses', de Antonio Banderas, y descubrió que en Málaga “no se estaba tan mal”. Un año y medio después, decidió volver a la capital de la Costa del Sol pese a no tener hueco en esa ubicación. Abandonó el diario tras doce años en él, aunque siguió colaborando de forma esporádica.

Con poco más de treinta años, Rivera había llegado muy alto en la profesión. En 2009, lo fichó Jesús Cacho para el diario digital El Confidencial, un trabajo que le permite combinar con la enseñanza en la Universidad de Málaga, precisamente, aleccionado a los periodistas del mañana que hoy escuchan su historia vital y que rezan por echarse una novia japonesa.

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